A la vista de que el incidente internacional ha pasado desapercibido por obra y gracia de la diplomacia y los servicios de inteligencia, lo mencionaré; soy “testiga” (Chus Lampreave, enorme; en paz descanse). Durante una estancia en Grecia, la ingesta y libación de queso feta, fino La Ina importado y helado, cerveza Mamos y pan rico ha movido al españolito a inscribirse en un gimnasio para unas tres semanas. Sucedió ayer, que fue el ayer de la final del Mundial 2026. Sólo están en la sala del pijogym del barrio de Kolonaki una monitora serbia, una chica pelirroja con un sorprendente atuendo que resonaba a disciplina británica, incluidos calcetines de hilo escocés calados hasta las rodillas, y el españolito (cambio al narrador: ese era yo). La entrenadora y supervisora conocería a la clienta, pero no tanto como para dejar de caer en un craso error. Nos dijo a ambos en inglés: “¡Enhorabuena por la victoria!”. Respondió la cándida Rottenmeier, estupefacta: “¿Cómo? ¡Yo soy argentina!”. Aproveché para tenderle la mano y decirle que es sólo fútbol y que otra vez será; no la mandé a venta de hortaliza alguna, ni a Parla, ni nada de eso, no es mi estilo ni debería serlo de nadie. Sin embargo, sucede así muchas veces.
La mala leche lo inunda todo, y el fútbol es gran metáfora de la vida y es transversalísimo (se está perdiendo esta palabra, que fue horripilante moda). Así que las miasmas lanzadas desde las trincheras, con el acelerador nuclear de internet se ceban en este espectáculo y negocio que, a nivel profesional, apenas conserva algo de deporte, y menos de juego. De modo que la joven porteña, que lo era, me felicitó con rabia, y argumentó que la plantilla albiceleste llegó psicológicamente mermada a la final por las acusaciones de Infatinogate. Yo la felicité por el seleccionador Scaloni, que parece una bella persona y fue un muy buen futbolista en España. De hecho, Lionel –no el cascarrabias Messi, sino Lionel Sebastián Scaloni– dijo que la final fue “un partidazo”, sin arriesgar el cuello al adjudicarle eso a sólo España, porque su equipo pareció de fútbol-empresa. Y sus chavales se comportaron como chorizos de poca monta (no todos, ok).
De vuelta a mi habitación, me tomé unas aceitunas de Kalamata y achiqué unos sorbitos de Jerez. Por la Piquer en Nueva York, el mismo lugar de la final: “Qué bien que sabe ese vino, cuando se bebe en tierra extraña”.
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