Hasta el momento eran los alemanes a mansalva quienes arribaban a nuestras costas en busca de buen tiempo. Ahora nosotros escapamos a los verdores de la Selva Negra huyendo de las inclemencias del solar (dicho sea, lo de solar, en toda su acepción) sevillano. Lo pensaba el otro día en el aeropuerto. Mas no eran tantos los hispalenses que embarcaban. Nos queda un ratito –corto, vaticino– para que los flujos migratorios del turismo, inmensamente superiores a los que provoca la necesidad (lo recuerdo por si esos de la prioridad nacional quieren aplicarla correctamente), cambie sus rutas y troquemos los destinos de sol y playa por el que denomino turismo de rebequita.
Estos nuevos receptores de turistas nos llevan una impresionante ventaja: la de no hiperadaptarse, hasta la mutación, a las usanzas y pamplinas del visitante. Mientras en el barrio de Santa Cruz sirven a las siete de la tarde, a cuarenta a la sombra, paella con sangría; en los montes germanos a las dos cierran la cocina y no hacen concesiones a mi idea de lo helada que debe estar la cerveza, a la forma de salazón del chucrut o a cómo vestir según mi estupendo gusto. No voy a venir a dar lecciones sobre el lúpulo, las fermentaciones o el hato, ni me las van a comprar. En nuestra ciudad, frente a la intolerancia a los extranjeros rasos, el grado de inclinación genuflexa ante los usos y husos del turista nos lleva a performar (palabra de moda, vomitiva, por cierto) la expectativa que tienen de nosotros hasta creernos –qué arte más grande, cabessa– semejante y ridículo esquematismo. Llevamos siglos performando para el visitante, no vamos a dejar de hacerlo ahora.
Empero, sería de agradecer que durante estos días tórridos, tan proclives a la alucinación, no nos sigan poniendo Sevilla al revés. Una empresa “de seguridad” repartiendo mandobles y gas pimienta al entrar a saco en el espacio que una inquilina tiene arrendado en los corralones de Castellar; ultradefensores de la libertad religiosa oponiéndose a la construcción de la mezquita diseñada por Vázquez Consuegra; más cortes de luz a miles de vecinos porque patatas, un trabajador que cae fulminado de calor; escuelas de verano que –insoportable– excluyen a menores con dependencia; el desargumentario que arguye que Icónica se celebra en la Plaza de España porque si no los artistas igual no vienen. Que no se enteren en Atenas, que ponen a vivir el Partenón. Lo dicho: bocabajo.
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