Comienzo a pensar que soy yo. Como esos seres de los mitos y cuento, bendecidos o condenados por un superpoder –guardar vientos en una caja, inventar la máquina de la lluvia…–, servidora tiene el don de llevar la flama doquiera que va. Lo mismo que les pasa a los indios pueblo de América, sospecho que tengo la misión de hacer salir el sol (un sol de julio sevillano) sobre las ciudades y los campos que habito. Nada tiene de particular que me haya asado de calor al sur de todo mapa: Atenas, Siracusa, Esmeraldas, Lebrija, Wadimusa, Jalisco, San Antero, el Algarve o en el desierto de sal de Chott el Djerid. Que me pase en lugares gélidos es lo que me escama. En abril de 2011, Krasnoyarsk registró una anomalía térmica coincidiendo con mi estancia en la ciudad. A Siberia se le cayó la S y se quedó en Iberia. Ahora he pasado una quincena en las forestas germanas y casi las reduzco a rastrojos, mientras le concedía un respiro al termómetro en Sevilla.
Fuera coñas, contra las tesis negacionistas con las que nos afligen los lumbreras de la derechísima, la evidencia del cambio climático comienza a hacer estragos en el centro y norte de Europa. Ante este trance, Francia y Alemania miran a España para aprender a afrontar la chicharrera. Con las morgues de París colapsadas por el aumento de las muertes por calor, los altos funcionarios centroeuropeos nos visitan para aprender a mitigarlo. Para una sevillana de Jaén como esta que os escribe, resulta incomprensible que los alemanes no se armen de abanicos en un país donde no hay aire en los trenes regionales ni en las casas, los hoteles, las tiendas, los colegios –aún continúan las clases–…; que salgan a correr a la hora de la siesta; que mantengan las siete como horario para la cena, ni que cenen, con la que está cayendo, berzas en chucrut con todos sus avíos luteranos. Tampoco entiendo –y aquí me meto en agua tapada– que no pongan la cerveza más fresquita. Ni que no arranquen de las ventanas las persianas de metal, auténticas parrillas.
Hay algo admirable en estas gentes: no se quejan del calor así se mueran. A la única a la que se le siente resollar –el tradicional “¡Ojú, qué calor!”– es a la arriba firmante. Y pedir sillas en los vahídos y hielo para los vasos y sudar como un botijo. Pero prepárense: Camacho is coming. Se acabó el fresquito en Sevilla, huid que he vuelto. Como dirían en Poltergeist, “Ya estoy aquí…”.
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