Personas en situación de calle comparten su testimonio y expertos analizan un problema social que según unas fuentes ha crecido algo más de un 50% en la capital malagueña, mientras que otras aseguran que se ha duplicado
13/08/2026 Actualizado a las 16:58h.
Nina, Abdel, José Antonio, Juan Manuel, Gonzalo, Hafid… No hay que caminar apenas. En un radio de sólo 350 metros desde la Plaza de Félix Sáenz se las encuentra: son personas sin hogar, sin techo, con un banco convertido en una casa con sus primorosas macetas y todo, o en condiciones muy precarias tiradas directamente en el suelo. Una mañana cualquiera, cada poyete del Teatro Echegaray amanece con alguien que ha pasado ahí la noche. Salta a la vista que en Málaga hay un problema social que crece y que encuentra su pico en verano. Lo ratifican las organizaciones y los profesionales que trabajan sobre el terreno.
Yesenia Cortés, trabajadora social del Centro de Acogida San Juan de Dios, asegura: «Como este año, ninguno»; y se explica: si bien la atención a las personas sin hogar está centralizada a través de Puerta Única (este servicio municipal deriva a las personas a cada uno de los recursos de las organizaciones que trabajan en red según sus necesidades o la disponibilidad de plazas), cada vez reciben más llamadas telefónicas, correos electrónicos o visitas directamente de gente que necesita cobijo. Y no sólo desde Málaga capital, también desde los pueblos o incluso de otras provincias. Desde el propio Servicio Municipal Puerta Única del Ayuntamiento afirman que se ha apreciado «un ligero aumento del número de personas sin hogar en la calle», lo que se suma a la «tendencia habitual motivada por el clima y el tránsito de personas en grandes ciudades como Málaga», que también apuntan los expertos que se recrudece en verano.
344
plazas
para personas sin hogar ofrece la red adherida al servicio municipal de Puerta Única. 96 de ellas corresponden al Centro de Acogida Municipal y las 248 restantes son aportadas por las entidades sociales. Puerta Única canaliza a todas las personas sin hogar que llegan a la ciudad y les ofrece los recursos a su disposición. Además hay una unidad de calle que ofrece respuesta a quienes rechazan la ayuda.
En 2024 había 185 personas en situación de calle, de acuerdo con el estudio sobre el sinhogarismo en la ciudad que elaboró la UMA en colaboración con el Ayuntamiento y las organizaciones que participan en Puerta Única. Según ha podido saber Diario SUR, su cifra puede haberse incrementado más de un 50% desde entonces, con lo que rondarían las 280. Otras fuentes hablan de que la cifra ha podido llegar a duplicarse, al haberse incorporado 200 víctimas más. Y se trataría sólo de quienes pernoctan a la intemperie. A ellas habría que sumar las que se encuentran alojadas en centros, que ya en 2024 eran 327.
A ese inventario se incorporan nombres cada día: esta misma semana, el de Guillermo Piñatel, de 50 años. Lleva consigo una maletilla con todas sus posesiones. Él no se encuentra en ese pequeño radio del centro. Se ha colocado en uno de los pasajes de Cruz del Humilladero caracterizados por las corrientes de aire que en verano se agradecen. Pasó por el ejército, fue cocinero y cuando murieron sus padres comenzó a trabajar para unos familiares recorriendo las ferias de Andalucía y de Alicante. Eso, hasta este lunes a las puertas de la de Málaga, porque dice que se ha hartado de la explotación laboral y que prefiere estar tranquilo aunque eso suponga dormir en la calle y no en la caravana en la que acostumbraba por su trabajo. No tiene ni ingresos ni ahorro.
Conocer a una persona en situación de calle no sirve para hacer un retrato robot de las victimas del sinhogarismo. Aunque una mayoría son hombres y del entorno de los 50 años, la realidad es mucho más compleja. Se descubre pisando la calle y, sobre todo, contrastando esa realidad con los expertos, con los científicos sociales, que se encargan de derribar estereotipos. El radio de 350 metros en el que SUR hace su trabajo de campo sirve para comprobar la heterogeneidad: hay hombres y mujeres, españoles y extranjeros (también europeos), de más y menos edad, con adicciones y sobrios, enfermos y sanos.
«Intenté buscar trabajo, pero para una guiri es muy difícil. Me tuve que ir al albergue, yo no podía pagar una renta»
Nina
Nina descansa sentada en las escaleras de la Iglesia de San Juan. Tiene 60 años. Pero parece bastante mayor. La calle avejenta. Es finlandesa y, aunque habla español, narra en inglés que hace doce años supo de una oferta de trabajo para ser la asistente personal de una británica de 82 años y se vino a Málaga. A los cuatro años la mujer murió, Nina se quedó sin empleo y ahí empezaron los problemas: «Intenté buscar trabajo, pero para una guiri es muy difícil. Me tuve que ir al albergue, yo no podía pagar una renta», asegura. Y confiesa que fue entonces cuando comenzó su adicción al alcohol; ésa que, explica, le ha supuesto un castigo por parte de la institución que le daba cobijo: le pillaron un poco de vino en la mochila y la han expulsado un mes. Ya ha cumplido tres semanas durmiendo al raso «en un lugar secreto que nadie conoce» (por lo que se siente protegida). Cuenta también que su hijo, estonio-finlandés, está en Málaga y vive en la calle: «Le digo que no se me acerque, porque veo en sus ojos que hace cosas que yo nunca haría». Tras descansar un poco las piernas, que lleva vendadas por una infección que le han provocado picaduras de araña, dice que va a ir al centro de acogida a recuperar a su perro, a Blue, «azul como el cielo de Málaga», sonríe. La de Nina es una historia que sirve para entender que si bien la situación de calle (dormir al raso) y el sinhogarismo (estar en un albergue, por ejemplo) son realidades diferentes, en la práctica tienden vasos comunicantes. A otros protagonistas de esta historia les sucede lo mismo.
«Los hombres podemos dormir en cualquier sitio, pero las mujeres sí que me dan lástima, a ellas sí que hay que ayudarlas y buscarles algún centro»
Abdel Hadi
Abdel Hadi tiene 46 años y está viendo una serie china en el móvil sentado en un banco de la Plaza de la Constitución. Se quita la gorra para mostrar respeto a las dos mujeres que se acercan para interrumpirle. Dice que no se fía de nadie, que le gusta estar solo, pero abre la novela de su vida a estas dos desconocidas que le escuchan sólo porque están haciendo su trabajo. A su lado tiene un carro enorme. Se justifica diciendo que espera a una amiga en dificultades y que por eso lo lleva: enseña las viandas que le entregará, como una botella de aceite de oliva. La carga también incluye una neverita con hielo para mantener la bebida fría. Quiere dejar claro que él no vive en la calle, que paga 400 euros por una habitación por San Andrés y que en el piso conviven ocho personas como mínimo. Paga su parte trabajando en la chatarra, buscando cosas viejas y vendiéndolas en los mercadillos o haciendo mudanzas. No tiene documentación: la perdió en el trasiego entre Melilla, Marruecos y la Península que marcó su vida durante años. Ha pasado por la cárcel. Sabe también lo que es estar en la calle. Si se le pregunta qué sentía al dormir sin un techo, responde que, al final, los hombres pueden echarse en cualquier sitio, pero que quienes verdaderamente le dan lástima son las mujeres: «A ellas sí que hay que ayudarlas y llevarlas a algún centro», reclama.
Un poco más allá, José Antonio pide, casi como si fuera su puesto de trabajo estar ahí a un paso del Ateneo de Málaga antes de volver a casa, donde su mujer lidia con la enfermedad. El hombre reconoce que muchos días duerme al raso: «Siempre estoy pendiente de ella», aclara, acto seguido, en referencia a su esposa, y apunta la tienda donde tiene cargando el móvil. Casi a su lado y estirado en el suelo está Juan Manuel, que narra un sórdido episodio de su vida a cualquiera que pase, aunque pronto se cae en la cuenta de que es una ficción que le está haciendo mucho daño porque está seguro de que ese drama que le amarga la existencia es verdad y no fruto de su mente dislocada.
«Hay que ser humilde y dejarse ayudar; hay gente que por orgullo no se deja. A veces la libertad es dejarse ayudar»
Gonzalo G. G.
Unos metros más allá, pasado el Museo Thyssen, Gonzalo G. G., de 46 años, recita poemas con una potente voz por mero amor a la literatura «y para sacarse unas pelas»: revela que vive en una casa de acogida: «Sé que estoy en esta situación por muchas circunstancias familiares, sociales y por mi discapacidad, porque soy sordo de un oído». Explica que su familia perdió su casa hace treinta años, que aguantaron juntos un tiempo, hasta que cada uno se fue buscando la vida por su cuenta y él lo hizo en una institución que le arregló los papeles para tener una pensión y un techo, aunque ello no le ha evitado pasar alguna temporada a la intemperie, cuando ha sufrido «estrés, incomprensión, indiferencia y frialdad»: «No nos educan para una circunstancia así y para saber qué recursos hay para poder salir adelante, porque hay que ser humilde y dejarte ayudar; hay gente que por orgullo no se deja», reflexiona. «En lugar de pedir por pedir, yo ofrezco estos versos que hay encerrados en los libros», dice, al despedirse. Aunque ha trabajado de camarero, de peón de fábrica, de mozo de almacén, dando clases particulares… declamar es su pasión y las palabras, su medicina. Le gustaría dar recitales. También en los colegios. Eso aprovecha también para decir.
«He intentado escapar de los problemas en lugar de afrontarlos. Me quería comer el mundo y el mundo me ha comido a mí. He sido un cabeza loca y ahora lo estoy pagando»
Hafid
Cruzamos el Guadalmedina en busca de más testimonios. «Dicen que doy mala imagen, pero quien de verdad da mala imagen es el presidente, su mujer y el rey emérito», afirma Hafid, de 46 años, recordando las quejas que ha proferido un hotel cercano y que le ha trasladado la policía. «No me camuflo. Estoy en mi casa, pero sin casa», sonríe, simpático. El banco de la Plaza de Santo Domingo que ha convertido en su hogar tiene macetas y hasta escoba y recogedor para mantener limpio su trozo de calle: «Intento vivir lo mejor posible», ironiza. Lleva ahí ya tres meses. Y se echa la culpa de su situación, no tira balones fuera. Porque podía estar bien, ya que trabajó durante 18 años de cocinero en Melilla: «He intentado escapar de los problemas, en lugar de afrontarlos. Me quería comer el mundo y el mundo me ha comido a mí. Con las adicciones, crees que controlas, pero cuando te quieres dar cuenta, te ha dominado el demonio. He sido un cabeza loca y ahora lo estoy pagando. Si usara la inteligencia que tengo para lo bueno...». Respecto a los recursos para ayudar a las personas sin hogar, es escéptico: «He estado apuntado, pero es un círculo vicioso. Si hay interés, te meten. Si no hay interés, te dan largas y te tienen dos semanas para arriba y para abajo…». Así que vive a salto de mata, vendiendo lo que encuentra.
Rafael Arredondo, profesor titular de Trabajo Social y Servicios Sociales de la UMA, miembro de la Cátedra de Inclusión Social y uno de los coordinadores del estudio sobre el sinhogarismo en Málaga, sintetiza todas las casuísticas que dan lugar a que una persona se quede en situación de calle, resume en la teoría lo que los testimonios muestran en la práctica: «La pérdida del empleo, un conflicto familiar o un problema económico». En cuanto a las adicciones y a la enfermedad mental, considera que a veces es el propio sinhogarismo el que las desencadena: «No es la norma que haya consumo y enfermedad mental. Otra cosa es que cuando ya se está en la calle exista riesgo de consumo o que dormir con luz y con ruido termine afectando a la cabeza. Quizá la enfermedad mental tenga más incidencia en las personas sin hogar, pero por las circunstancias en las que viven».
«No es la norma que haya consumo y enfermedad mental. Otra cosa es que cuando ya se está en la calle exista riesgo de consumo o que dormir con luz y con ruido termine afectando a la cabeza»
Los afectados son sobre todo hombres, como muestra el azar del trabajo de SUR en el centro de la capital, y la mitad de las personas en situación de calle están solas. De hecho a las mujeres se atribuye mayor capacidad para tejer redes de apoyo y por eso son menos sufriendo sinhogarismo. Algunos de los testimonios aquí recogidos expresan que no se fían de los demás y que les gusta estar a solas consigo mismos. Hafid declara que su mejor amigo es él mismo, y que eso le protege de la soledad, que así nunca está solo. Pero todos ellos quieren hablar. En el fondo, les gusta la gente. Hay que forzar la despedida en todas las conversaciones que se mantienen con ellos.
Lourdes Navarro, responsable de la unidad de calle de Cáritas Málaga, también aclara que la mayor parte de las personas en situación de calle son españolas y que entre las extranjeras, abundan las del norte de Europa.
La clave de la vivienda
Si las causas no han cambiado, son siempre las mismas, ¿por qué el sinhogarismo, las personas en situación de calle, están aumentando? Alejandro Cortina, director de Málaga Acoge, cree que se debe al «enorme problema de vivienda» que hay en Málaga y a que «faltan recursos de apoyo». «Hay personas que incluso trabajando están en situación de calle», asegura, cosa que también ratifican desde San Juan de Dios y desde Cáritas: «Está aumentando la gente con empleo en situación de sinhogarismo. Incluso con sueldos medios, normales. Son personas que con trabajo no acceden a una vivienda. También, desde la puesta en marcha del ingreso mínimo vital, se ha incrementado la gente en situación de calle que cobra una prestación, porque con los 680 euros que corresponden a una persona casi no da ni para una habitación de alquiler. Nosotros intentamos intermediar para que entre varios se alquilen un piso, pero es muy difícil», relata Yesenia Cortés, a lo que Lourdes Navarro apostilla que a las personas que cobran el IMV o pensiones no contributivas les es muy complicado que alguien les alquile una casa. La vivienda, por tanto, supone un factor de expulsión a la calle y complica las cosas para volver a integrarse.
«Está aumentando la gente con empleo en situación de sinhogarismo. Incluso con sueldos medios, normales»
La vivienda es tan importante que Arredondo recuerda cómo está cambiando la intervención social contra el sinhogarismo: la tendencia ahora no es abordar las circunstancias de la persona y a continuación solucionarle su problema habitacional; ahora se considera más eficaz resolver la cuestión de la vivienda, que el individuo sienta que tiene un espacio propio, un territorio, para a partir de ahí, abordar sus problemas personales. «Poder dar una dirección es muy importante», ilustra el profesor. Pero Navarro opina que si bien en Málaga hay buenos recursos para que las personas en situación de calle duerman, coman o se duchen, faltan «salidas hacia la autonomía personal», para que la gente «se restablezca». «Nos atascamos a la hora de sacar a la gente», zanja.
En todo caso, como agrega Cortina, el problema del sinhogarismo se está «complejizando»: en él se incluye a personas muy cronificadas (quizás algunas de los testimonios que se aportan en esta pieza), gente que trabaja y vecinos que tienen problemas de acceso a la vivienda: «Así que no hay una respuesta única. Hay una suma de perfiles que es muy difícil de abarcar. Lo que es verdad es que la calle deteriora mucho en muy poco tiempo. En un primer momento la gente puede buscar dormir en coches, en garajes, en casas de amigos, en la playa… Pero esas soluciones se van agotando y las personas se van deteriorando cada vez más», explica Cortina. «Nadie está en la calle por una sola causa. Se llega después de una trayectoria. Pero la falta de vivienda es común a todas estas personas», agrega Navarro.
El aumento de las personas sin hogar probablemente es estructural en Málaga, pero ahora mismo también es estacional, por el verano. Estos meses han aflorado campamentos en la playa o en algún polígono industrial. Mercedes Martín, responsable provincial del Programa de Atención a Personas en Situación de Extrema Vulnerabilidad de Cruz Roja en Málaga, afirma que siempre hay un pico de personas que duermen en la calle en verano, porque hay gente que viene a trabajar atraída por la actividad turística de la Costa del Sol «y la vivienda cada vez más es un problema». A Málaga durante estos meses llega gente que está de paso, que apenas lleva una mochila, que proviene de otras provincias, atraída por las expectativas que ofrece este territorio, pero muchas veces se ven frustradas. Pero también ocurre que algunas personas terminan yéndose a otros territorios donde la vivienda es más asequible. Hafid, por ejemplo, no ha planeado el futuro: «Igual mañana tiro todo esto a la basura y me voy a otro lado. Vivo al día».
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