La semana pasada, quedaron retratados todos juntos muchos de los males que afectan y explican nuestra realidad en un solo suceso: la invasión de Ceuta por parte de una nueva Marcha Verde procedente que superó todas las barreras existentes y dejó en evidencia a nuestros sistema de inteligencia y fuerzas de defensa.
A diferencia de la anterior marcha, la que organizó Hassan II con la inestimable ayuda de Estados Unidos, esta no pretendía la ocupación del territorio sino más bien la huida masiva de un país que no es capaz de ofrecer a sus jóvenes más salida que el paro y la miseria. En esta ocasión, y curiosamente tan solo unos pocos días después de que Sánchez visitara Argel para recoser nuestras maltrechas relaciones con el enemigo acérrimo de Rabat, entre 50 y 60 mil personas cruzaron la frontera de la ciudad autónoma en poco más de 48 horas. Llegaron por tierra y por mar –suponían que, si lo hacían a nado, no se les podría expulsar–.
Fueron tantos y en tan poco tiempo, que resulta imposible hablar de un movimiento completamente improvisado. Durante semanas, en las redes sociales del reino alauita se extendieron bulos y desinformaciones en torno al proceso de regularización llevado a cabo por el Gobierno español y sobre la sentencia del Supremo que resolvía que había que dar el mismo trato a los migrantes que llegan a nado a las playas de Ceuta y Melilla que a los que llegan en patera al resto del territorio nacional. Obviamente, esos contenidos, si no fueron creados y distribuidos por las autoridades marroquíes, como mínimo sí que fueron permitidos y no desmentidos por ellas. Una marea que, pasadas las horas, comenzó a deshacer el camino, al descubrir que los mensajes recibidos eran falsos y que en la ciudad no había comida y bebida para todos.
Marruecos ha vuelto a jugar a la política de los hechos consumados. Como está haciendo Israel en Oriente Próximo. Como lo está intentando Rusia hacer en Ucrania. O como hicieron ellos mismos con la invasión del Sáhara Occidental. También ha vuelto a usar la emigración como arma, como en 2021 tras la acogida española del líder del Polisario para una operación quirúrgica.
Ciertamente, la jugada no le ha salido bien del todo, porque ha quedado claro para el mundo que Marruecos no es un lugar agradable para vivir, ni en el que se aprecie la vida de sus súbditos. Pero tampoco demasiado mal, ya que nadie le está afeando la conducta; ni siquiera España, que ha procurado descargar de responsabilidad al Gobierno marroquí cargando contra las mafias. Y han logrado que Ceuta y Melilla aparezcan en los informativos como colonias españolas en su territorio.
En la geopolítica actual las autocracias tienen una clara ventaja sobre las democracias. Un dictador como Putin o un monarca cuasi absoluto como Mohamed VI pueden planificar a muy largo plazo, mientras que las democracias se rigen por un calendario electoral que marca hitos cada 4 años o menos. Si las segundas no aprenden a cerrar acuerdos de largo alcance entre las principales fuerzas políticas de gobierno estarán condenadas a la inestabilidad y a la polarización. No obstante, la gente tiende a irse de las autocracias cuando el control de estas se vuelve irrespirable.
Otra cuestión que Ceuta ha vuelto a poner de manifiesto es el poder de las redes para la distribución de desinformación y bulos. Cuando hay un caldo de cultivo adecuado, las mentiras más absurdas pueden encontrar hueco. Y pueden desplazar a la verdad. En este sentido, la responsabilidad de las empresas propietarias de estas redes debería ser reevaluada.
Por supuesto, los sucesos de Ceuta han servido también para evidenciar las diferencias en el seno de la UE. Italia, Dinamarca y Finlandia se apresuraron a pedir la excepción española del acuerdo de Schengen. Italia incluso llegó a afirmar que reforzaría los controles aduaneros con nuestro país. Aunque Meloni no ha hecho nada distinto de la extrema derecha española y el resto de nacionalistas-populistas, desde Trump hasta Ben-Gvir, pasando por Putin. Todos han aprovechado el suceso para acercar el ascua a su sardina, promoviendo el punto de vista del nosotros-contra-ellos.
En resumen, en Ceuta hemos visto en acción la mayoría de los factores que explican la geopolítica actual sin filtros ni artificios. No es agradable y, desde luego, tampoco es posible parar el mundo y bajarse de él, por mucho que Elon Musk se empeñe en vendernos un futuro en Marte.
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