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Personalidad perdida

Дата публикации: 15-08-2026 01:07:08



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Allá por los años sesenta, cuando soñar era una obligación necesaria, la vida de Almería se desenvolvía alrededor del Paseo del Generalísimo, ahora acertadamente Paseo de Almería, y conste que no me preocupa el significado sino la necesidad de que las autoridades municipales, utilicen para sus vías principales, nombres que no dependan de la política ni de los deseos espurios de los políticos de turno. Este nombre, obviamente, soportará los caprichos, ideas, sectarismo, odios e incluso fanatismo de los que rijan los destinos de esta bella ciudad.

Hace años, el Paseo, en la definición habitual de los almerienses, era el reflejo de nuestra sociedad, reflejo que poco a poco, se fue diluyendo, como consecuencia de la expansión de la ciudad que, catalogada urbanísticamente, como de “copa” por su forma, hizo que la fuerza ilimitada de las playas de la que es sin duda la bahía más bella de Europa y entre las más bellas del mundo, derivase hacia el mar su expansión. Y esta circunstancia la constatamos y añoramos en mayor grado los que pasamos aquí nuestra pubertad y nuestra juventud, “gastando suelas” – otra cosa no teníamos los estudiantes para gastar – por el Paseo y dejando las playas para los escarceos del verano.

Y tengo que comunicar con tristeza, mi asombro del daño que está causando la obra interminable del Paseo, que ha cercenado de lleno lo poco que quedaba de aquella imagen, antaño quizás la más representativa de la juventud almeriense y hogaño, tan ausente que ni llega a recuerdo de los que tuvimos la suerte de vivir aquí aquellos años sesenta en los que paseábamos por las tardes, hasta las nueve y media de la noche; más tarde ya no era habitual porque los autobuses terminaban su jornada a las diez de la noche y los almerienses que vivíamos en los barrios periféricos, o nos subíamos al último autobús, o nos tirábamos andando media hora.

A las diez menos cuarto, se producían las despedidas con los suspiros de los protagonistas de aquellos romances, limpios y sencillos que, iniciados o en proceso de iniciarse, eran una parte sustancial de la representación que, de la juventud almeriense era aquél Paseo, escenario de promesas, sueños, proyectos y reencuentros que ya no existe; su vida social ha desaparecido y se ha quedado reducido a una calle por la que las personas, van y vienen, sin apenas cerciorarse de con quienes se cruzan, todas con prisa y con bolsas o el teléfono en la mano, ya se ha perdido el romanticismo de las parejas de jóvenes que, de la mano, subían y bajaban, conversando y soñando con un futuro común.

Hoy, ni eso he observado en el Paseo, quizá porque el romanticismo, otrora una necesidad vital y tratada ahora de cursi, se ha perdido al considerar la consecución del deseo en el amor como algo fácil y factible y no como una ilusión de futuro, algo que, cual la madurez de la fruta, se esperaba convencido de que la sazón, siempre llegaba en el momento oportuno, sin forzar a la naturaleza ni al intelecto. Por desgracia, la relación entre las personas, no ha podido sobrevivir a la pérdida de respeto con que las tendencias políticas del siglo XXI, han degradado a una sociedad decadente que se aproxima más a la tendencia animal que a la racional.

Hoy que la medicina ha avanzado de forma exponencial, la cultura se está quedando reducida apenas al 10 % de la población, a la que el materialismo ha convencido de que la cultura ancestral de un pueblo, es perder el tiempo en algo improductivo y se prefiere llegar al uso y aprovechamiento de los últimos inventos, sin conocer sus orígenes, creando a diario miles y miles de ignorantes que desconocen las razones del por qué, hoy están aquí y así.

Si además, los políticos, responsables del desaguisado, cambian la historia como conviene a sus intereses espurios, las mentes de quienes nos sigan también estarán erradas, con la única excepción de aquellos que sientan inquietudes por conocer su historia y su cultura, cada vez menos, pero ese es nuestro pecado; no hemos sabido inculcar a nuestros hijos y nietos que, quien desconoce el latín, ignora la grandeza del español, hoy pocos jóvenes utilizan en su conversación más de trescientos vocablos; y desconocer la palabra, su origen y su evolución, es también desconocer la razón de su existencia. Al iniciar mi artículo hablé de una obligación necesaria; hoy recordar lo perdido, sin la añoranza de un tiempo que forjó nuestras raíces, es una necesidad obligatoria.

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