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Las 75 mujeres que desafían a los talibanes con la educación: "Pueden cerrar escuelas, pero no nuestras ganas de aprender"

Дата публикации: 14-08-2026 23:45:00

Desde la clandestinidad, alumnas y profesoras mantienen viva la esperanza en un país donde estudiar se ha convertido en un acto de resistencia.Más información: La cruzada talibana contra la salud de las mujeres: en 5 años "no habrá médicas, ni enfermeras, ni comadronas”

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Desde que el pasado 15 de agosto de 2021 el régimen talibán entrase de nuevo en Afganistán, la oscuridad y el silencio han encarcelado la vida y los sueños de millones de niñas y mujeres.

La misoginia fundamentalista, a la que la Unión Europea le puso recientemente la alfombra roja —el 23 de junio recibió a una delegación de talibanes con la excusa de hablar de inmigración y buscar vías para deportar a su país a quienes cometan delitos graves— no solo ha conseguido negar la humanidad de todas ellas.

Cada segundo que se mantiene en el poder perfecciona su apartheid de sexo hasta la mayor de las torturas.

Foto de archivo de mujeres afganas vestidas con el burka, el símbolo de opresión de los talibanes. ANTONIN BURAT / ZUMA PRESS

Y es que cada paso que han dado los talibanes es un retroceso doloroso e infinito para las afganas. Una regresión que, como los barrotes de una cárcel, recluye entre otros su derecho a ser libres y aprender. Ellas, además de no tener acceso a la sanidad, a salir a la calle solas o a siquiera hablar, están obligadas, como si fuera un delito, a esconder su inteligencia.

Sin embargo, hay una llama inmensa que brilla ante tal oscuridad. Es la de 75 valientes que mantienen la esperanza y la lucha con la luz de la educación.

Enseñar y sostener la esperanza

En la clandestinidad, aunque el miedo les muerda la voz, y aun a riesgo de ser descubiertas, siguen aprendiendo como la mayor de las desobediencias. Lo hacen gracias a Afghanistan Education Action, una organización por la que han pasado más de 400 profesoras y profesores voluntarios de todo el mundo para enseñar desde la distancia a 800 estudiantes en total.

En estos momentos, 44 profesionales —más de la mitad españolas— mantienen la ilusión de 75 alumnas con palabras, ciencia y cariño.

"Lo que hacemos no se limita a enseñar inglés, matemáticas o ciencias. Nuestras alumnas, obligadas a abandonar la educación formal, no solo asisten a clase. Vuelven a conectar con la idea de que aún tienen un futuro", comenta el director de AEA a quien llamaremos Zaki.

"Entablan relación con nuestro profesorado internacional (casi en su totalidad femenino), quienes desempeñan distintos papeles: además de maestras, son su modelo a seguir, sus heroínas, sus amigas, su llama de esperanza", continúa.

Una tarea peligrosa que, como subraya dicho directivo, aunque no es nada fácil, siempre merece la pena.

Una de las actividades de las alumnas afganas.

Una de las actividades de las alumnas afganas. Cedida

"Lo más duro es la presión emocional. La gente suele pensar que la dificultad radica en la tecnología, internet o la electricidad. Esos son retos, pero no son los más difíciles. Lo más cruel es despertarse cada día sabiendo que lo que estás haciendo se considera un grave problema por parte de quienes tienen el poder", explica

"No solo me encargo de las clases. Soy responsable de las alumnas y de su protección, de las profesoras, la comunicación y de muchas decisiones cotidianas. También soy marido y padre".

"Hay días en los que me preocupo por ellas. Hay días en los que me preocupo por mi familia. Hay días en los que me pregunto qué pasará mañana. Pero luego hablo con las estudiantes y veo lo decididas que están a aprender y sigo adelante", añade.

Ante el régimen del terror talibán convencer a las familias para que sus hijas estudien es más sencillo de lo que parece.

Tal y como describe Zaki "a la mayoría no hay que convencerlas. Muchos de los padres y madres tienen una única desesperación: la de que sus hijas sigan aprendiendo. El reto suele ser de carácter práctico".

"A veces no pueden permitirse tener internet. A veces solo tienen un dispositivo que comparten entre las y los miembros de la familia (la madre y la hija, por ejemplo). A veces tienen miedo. A veces han perdido la esperanza. Nuestra función suele consistir en apoyarlas, responder a sus preguntas y mostrarles que sus hijas no están solas".

Una doctora de Médicos sin Fronteras reconoce a un bebé con malnutrición en Herat.

Y es que como resalta el director, "una vez las familias ven cambios positivos en sus hijas, se convierten en nuestras mayores aliadas. La mayoría de las familias quieren que sus hijas estudien. El problema no es convencerlas de que la educación es importante. El problema es ayudarlas a encontrar formas seguras de seguir aprendiendo".

Zohra (nombre ficticio) es una de estas madres. Ella sentencia que la maternidad en Afganistán "es como cumplir una condena a cadena perpetua sin haber cometido ningún delito. El dolor no solo radica en perder tu propia libertad, sino en ver cómo tu hija pierde la suya. Toda madre sueña con ver crecer a su hija, estudiar, trabajar y labrarse un futuro feliz".

"Hoy en día, muchas madres afganas se despiertan cada mañana preguntándose si sus hijas podrán disfrutar alguna vez de esos derechos tan básicos. Incluso yo estuve en una cárcel de verdad durante un mes y viví muchas cosas horribles", asegura.

Y confiesa: "Como madre, me preocupo constantemente por la seguridad de mi hija. Cada vez que sale de casa, temo que le pueda pasar algo. Temo que algún día pueda desaparecer sin más por el simple hecho de ser una niña. Vivir con este miedo cada día es más doloroso que cualquier prisión".

"Ella (a la que llamaremos Roya) solo quiere una cosa muy sencilla: ir a un país libre y continuar con su educación. Sé lo inteligente y trabajadora que es".

Salir de la oscuridad

Roya, es una de las 75 alumnas de Afghanistan Education Action. Ella a sus 18 años arriesga su vida "por la esperanza" que le da estudiar.

"Cada lección me hace más fuerte y me recuerda que nadie puede encerrar mi mente. Aprender me da confianza y me ayuda a creer que algún día podré construir un futuro mejor para mí, para mi familia y para mi país. Cada página que estudio me parece un acto de resistencia. Aunque las escuelas estén cerradas, nadie puede quitarme las ganas de aprender".

Y es que para Roya vivir sin libros "es como vivir en la oscuridad. Los libros no son solo páginas llenas de palabras; son esperanza, conocimiento y una ventana a otro mundo. Desde que se nos prohibió acceder a la educación, muchas de nosotras sentimos que nos han arrebatado una parte de nuestras vidas".

"Cada libro que leo me da fuerzas y me recuerda que mis sueños siguen vivos. Sin ellos, me sentiría atrapada en una vida en la que no puedo crecer, aprender ni imaginar un futuro mejor. Hoy en día, miles de niñas en Afganistán se despiertan cada mañana sabiendo que no pueden ir al colegio simplemente por ser niñas. Esa es una de las mayores injusticias que cualquier niño o niña puede sufrir", recalca.

Uno de los trabajos realizados por las alumnas afganas.

Uno de los trabajos realizados por las alumnas afganas. Cedida

Un desafuero al que dicha estudiante se resiste. "Ninguna joven debería tener que esconderse por querer estudiar o vivir libremente. A mi edad, debería estar pensando en mis estudios, en mi futuro, en mis amistades y en mis sueños. En cambio, pienso en la seguridad, el miedo y la incertidumbre".

"Muchas chicas en Afganistán se han convertido en prisioneras en sus propios hogares. Cada vez que salimos de casa, nos preocupa que nos paren o nos detengan. Tras las recientes detenciones de mujeres en Herat, el miedo se ha convertido en parte de nuestra vida cotidiana."

"Muchas familias ya no permiten que sus hijas salgan de casa a menos que sea absolutamente necesario. Vivir así te arrebata la infancia y la juventud antes incluso de que tengas la oportunidad de disfrutarla", destaca.

Pero Roya, como el resto de sus compañeras, prefieren seguir arriesgándose a vivir.

"Pueden cerrar nuestras escuelas, pero no pueden frenar nuestras ganas de aprender. Si dejamos de estudiar por miedo, entonces ya habrán ganado. Creo que la educación es el arma más poderosa contra la ignorancia y la opresión. Cada lección que aprendo me da esperanza de que algún día Afganistán será diferente. Me niego a dejar que el miedo decida mi futuro".

Vencer el miedo

Una resistencia que, como describe Zohra, su madre y periodista, nace de los genes irrenunciables y naturales de las mujeres a respirar y latir en la libertad. "Han cerrado nuestras escuelas, nos han quitado nuestros trabajos, han silenciado nuestras voces y han intentado borrar a las mujeres de la vida pública. Pero no pueden borrar nuestros sueños".

"Las mujeres de Afganistán resistimos de diferentes maneras. Algunas enseñan a las niñas en secreto. Otras siguen estudiando en línea. Otras alzan la voz a pesar de conocer los riesgos. Tras las recientes detenciones de mujeres en Herat, casi todas las conversaciones entre mujeres giran ahora en torno al miedo", indica.

Y asegura: "Es miedo a que nos detengan, miedo a desaparecer, miedo por el futuro de nuestras hijas. Pero, a pesar de todo este miedo, seguimos animándonos unas a otras a no rendirnos".

Una lucha que en el caso de Zohra supura doble rabia y frustración por no poder ejercer su profesión. "El periodismo no era solo mi sueño, era mi identidad y mi razón de ser. Hoy en día, siento que estoy viva físicamente, pero muerta por dentro, porque no puedo decir la verdad libremente".

Imagen de archivo de una afgana mientras recoge agua.

"Todo periodista quiere sacar a la luz la injusticia, pero en Afganistán decir la verdad puede poner en peligro tu vida y la de tu familia. Mi hija y yo participamos en la mayoría de las manifestaciones en Herat y vivimos muchas situaciones terribles después de que las mujeres perdieran sus derechos".

"Durante una manifestación llegamos y enseguida nos dimos cuenta de que la situación se estaba volviendo extremadamente peligrosa. Nos quedamos dentro del coche porque vimos a combatientes talibanes dispersando violentamente a la gente. Fuimos testigos de cómo disparaban sus armas, aterrorizando a la multitud y provocando el caos", recuerda.

"La gente gritaba y corría en todas direcciones. Varias personas resultaron heridas. No tuvimos más remedio que marcharnos, porque quedarnos allí podría habernos costado la vida. Esos recuerdos nunca me abandonan. Y también tengo recuerdos aún peores", comenta.

Pizarras digitales curativas

Punzantes memorias que otras mujeres como Raquel (profesora española de AEA) se empeñan en cambiar. Para ella conocer el horror de nacer mujer en Afganistán es lo que la impulsó a colaborar con la asociación.

"En un principio fue la impotencia de no poder hacer más. Desde que los talibanes volvieron al poder en el verano del 2021 he seguido las noticias con regularidad. El trato que reciben las mujeres en ese país es realmente inhumano. Yo quería y quiero ayudar, pero desde tanta distancia, ¿qué podía hacer?"

La respuesta la encontró en la AEA. "Empecé enseñando inglés de forma esporádica con otra ONG y después envié mi propuesta de enseñar biología en la escuela clandestina". Una labor que cuida y ejerce con el máximo de los respetos.

"Me tomo mis clases muy en serio. Desafortunadamente no podemos dar un certificado oficial, por lo que universidades o institutos no las van a becar, ni dejar estudiar. Sin embargo, el nivel y el temario que imparto en clase sería comparable al de un instituto en España", dice.

Cartel elaborado por las alumnas afganas por el Día Internacional de la Mujer.

Cartel elaborado por las alumnas afganas por el Día Internacional de la Mujer. Cedida

Sesiones que en nada se parecen a las que se imparten en nuestro país. "Cuentan con muchas dificultades. Para empezar la conexión a internet es mala y muchas veces se cae la electricidad. Lo que hace que a mitad de clase caigan estudiantes. La mayoría de ellas no tiene laptop, ni ordenador, ni tablet, sino que siguen las clases a través de un teléfono móvil".

"La mala conexión, y la pequeña pantalla del teléfono hacen difícil que vean bien las presentaciones y diagramas que preparo. Por otro lado, por su seguridad, utilizan pseudónimos y no ponen sus cámaras. El hecho de que alguien sepa que están estudiando pueden ponerlas en peligro a ellas y a las otras compañeras".

E indica: "Sin verles las caritas es muy difícil saber si están atendiendo, si ponen cara de duda, si se divierten o aburren… Nos las tenemos que ingeniar lo mejor posible. Yo intento que mis clases sean muy participativas, que hablen, intervengan, den su opinión y preparen presentaciones".

"La verdad es que estoy muy orgullosa de ellas. ¡Pese a las circunstancias muchas lo hacen tan bien!", esgrime emocionada.

Hablar de frustraciones

Unas clases que como Raquel recalca empiezan con la "b" de Biología, pero se escriben, desarrollan y acaban con la "s" de sororidad.

"Soy consciente de que son mucho más que clases de esta asignatura. Al igual que mis compañeras, intento motivarlas, subirles la autoestima, hacerles saber que son importantes, que son inteligentes y que si no hacen cosas no es porque no sean capaces, sino porque no las dejan, que no tienen el mundo que se merecen. Hay sesiones más duras que otras".

"Hay veces en las que tengo que cancelar las clases, dejar la biología a un lado y escucharlas. Hablar de la última barbaridad que han hecho los talibanes, de nuevas prohibiciones, de sus miedos, de su frustración. No es fácil, pero no me arrepiento para nada. La primera semana, antes de empezar a trabajar con la ONG me daba miedo tan gran compromiso", explica.

"Ahora, mi hora y media con ellas a la semana es mi rato favorito. Me paso la semana deseando que llegue el jueves para estar con ellas. Escucharlas reír, que hagan preguntas, que se sorprendan de lo preciosa que es la biología, es mi mejor regalo", destaca.

Familia afgana con la que trabaja la organización WeWorld.

Dádiva que para Raquel contrasta con la traición a las afganas cuando el pasado junio la Unión Europea recibió a una delegación de talibanes. "El abandono fue realmente doloroso. Bueno, más que abandono fue un insulto. ¿Cómo se les pudo invitar a Bruselas? ¡No me entra en la cabeza! Es un escupitajo en la cara de todas las mujeres, no solo las afganas".

"Imagínate estar al teléfono con jóvenes de 15 a 20 años que se plantean quitarse la vida, mientras que la gente que nos representa, y en teoría representan nuestros valores, se reunían con criminales. ¡Siento tanto dolor, indignación y vergüenza de cómo se está comportando Europa!".

Un cambalache de derechos pisoteados ante el que Roya pide coherencia. "Espero que la comunidad internacional nos ayude. No pedimos lujos ni un trato especial. Solo la oportunidad de vivir con dignidad, continuar nuestra educación y construir un futuro. Por favor, ¡no os olvidéis de Afganistán! ¡No os olvidéis de las mujeres y las niñas afganas!".

A su petición se suma la de Zohra, su madre. "Afganistán se ha convertido en un lugar donde millones de mujeres intentamos sobrevivir en lugar de vivir de verdad. A pesar de todo, las afganas seguimos demostrando una fuerza extraordinaria. Tanto que creo somos las más fuertes de la historia".

"Seguimos buscando formas de estudiar, trabajar y hacer oír nuestra voz, incluso cuando casi todas las puertas se nos han cerrado. ¡Por favor, seguid apoyándonos! No pedimos un trato especial. Pedimos los derechos humanos básicos que todo ser humano merece. ¡Por favor, ayudadnos a proteger nuestro futuro antes de que sea demasiado tarde!", finaliza.

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