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"Este viaje es un calvario": así culminó Sorolla su última obra maestra

Дата публикации: 12-08-2026 20:55:12

Cuando el 14 de mayo de 1919 Joaquín Sorolla llegó a Huelva agotado, envejecido y casi sin fe en el panel con el que tenía que rematar su monumental 'Visión de España', no encontró lo que buscaba. "Las casas son todo moderno, y el puerto no tiene barcos y está todo movimiento parado", le escribió aquel mismo día a Clotilde, su mujer. Las rías eran "espléndidas", pero en ellas "no pasa nada", una condena para un artista que necesitaba atrapar al natural la vida en movimiento. Esa mañana salió en automóvil hacia Ayamonte, Isla Cristina y los pueblos de la costa. Todavía no sabía que, en la frontera del Guadiana, encontraría el episodio final de la obra más ambiciosa y extenuante de su vida. Tenía 56 años. A los 57 sufrió una hemplejia que le impidió volver a coger un pincel. A los 60 años, murió.

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Cuando el 14 de mayo de 1919 Joaquín Sorolla llegó a Huelva agotado, envejecido y casi sin fe en el panel con el que tenía que rematar su monumental 'Visión de España', no encontró lo que buscaba. "Las casas son todo moderno, y el puerto no tiene barcos y está todo movimiento parado", le escribió aquel mismo día a Clotilde, su mujer. Las rías eran "espléndidas", pero en ellas "no pasa nada", una condena para un artista que necesitaba atrapar al natural la vida en movimiento. Esa mañana salió en automóvil hacia Ayamonte, Isla Cristina y los pueblos de la costa. Todavía no sabía que, en la frontera del Guadiana, encontraría el episodio final de la obra más ambiciosa y extenuante de su vida. Tenía 56 años. A los 57 sufrió una hemplejia que le impidió volver a coger un pincel. A los 60 años, murió.

Ocho años antes, Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, le había encargado catorce lienzos de gran formato para una nueva galería de la institución neoyorquina. Debían inmortalizar una España de trajes, oficios, fiestas y tipos populares que estaba a punto de desaparecer pero que aún no lo había hecho. Por eso Sorolla se negó a inventarla desde el estudio y decidió perseguirla por los caminos, pintar directamente del natural.

El proyecto había nacido del éxito americano del valenciano. La exposición organizada por la Hispanic Society en 1909 atrajo a unas 160.000 personas en un mes. Tras el contrato de 1911, Sorolla recorrió Valencia, Aragón, Navarra, Guipúzcoa, Castilla, Galicia, Cataluña y Andalucía. La fiesta del pan, los bailes de Sevilla, los pescadores gallegos fueron surgiendo de campañas cada vez más duras.

Sorolla en 1919.

Sorolla en 1919. / B. P. S.

El precio de la obsesión

Las cartas a Clotilde registran el precio de aquella obsesión por la autenticidad. Bajo el sol de Elx donde pinta los palmerales confesó que la obra le arrancaba "la vida por pedazos". Por eso, cuando aparece en Huelva para iniciar su último panel ya no es el pintor triunfante, sino un hombre al límite. "Este viaje es un calvario, estoy cansadísimo y confieso que no tengo edad para aguantar este estado de cosas", escribe el 15 de mayo. El viaje, resume, es un "vía crucis, fatigador y reventante".

Su estado de ánimo es aún más sombrío. "No sé si lo que haré estará bien o mal, porque no tengo un gran entusiasmo por nada", confiesa. "Sólo tengo cansancio, vejez y tristeza". El pintor que durante años había recorrido España con una resistencia casi feroz llega a dormirse de pie. Huelva está parada; las playas no tienen barcas ni gente; en Ayamonte, en cambio, encuentra el color, el río y la frontera, pero le falta la escena. "Hay ratos que creo resuelto el asunto y otros, me iría sin hacer nada", reconoce el 17 de mayo.

Ese mismo día, sin embargo, Clotilde recibe un telegrama que cambia el viaje: "Hoy visto gran pesca atún. Hermoso cuadro". Al día siguiente Sorolla explica el hallazgo. En la orilla del río se ha encontrado "con 200 y pico de atunes tremendos" y comprende que aquello puede cerrar toda la decoración. Cataluña ya representaba el Mediterráneo y a sus pescadores; "este Ayamonte con Portugal en el fondo y las pesquerías del océano" justificaba el último panel. El Guadiana le parece "hermoso, estupendo", atravesado por barcas, vapores y lanchas que transportan viajeros entre los dos países.

La visión de conjunto está clara, pero reunir sus elementos será difícil. Sorolla necesita barcos, pescadores, atunes, río y fondo portugués; también busca vestidos con carácter. Viaja a Castro Marim y Faro. Los pueblos le parecen preciosos desde lejos y decepcionantes de cerca. Solo ve "miseria y desaliño", "todo lo típico en trajes ha desaparecido".

Sorolla nunca acaba de estar satisfecho. Una noche llegan cuarenta atunes "monstruosos, enormes", pero no corre a la fábrica porque "no quiero pintar la sangre". La pesca del atún debía contener el esfuerzo, el peso de los animales y la violencia del trabajo sin convertirse en una escena repugnante. "Este asunto tiene mucho de titánico por los monstruos que la componen", escribirá, satisfecho de no haber elegido "la parte terrorífica y salvaje".

Antes de pintar, todo son gestiones y espera. Sorolla pide que le manden "a gran velocidad» la caja, los bastidores, la maleta de colores y el caballete de campo. "El cuadro puede ser estupendo", anuncia el 18 de mayo. Los materiales llegan una semana después. El 27 se clava el lienzo; el 29 empieza a trazar "unas líneas de carbón" y la composición le parece "estupenda y muy nueva"; el 31 comienza el dibujo. El 2 de junio manda otro telegrama: "Hoy quedó definitivamente cuadro compuesto, tiene fuerza emocionante".

Ayamonte. La pesca del atún, de Joaquín Sorolla.

Ayamonte. La pesca del atún, de Joaquín Sorolla. / L-EMV

Entre la fábrica y la posada

El lugar definitivo de trabajo es la fábrica de Feu, una conservera de atún con una puerta abierta sobre el río. Allí puede pintar, dice, "todo directamente del natural, barcos, río, personas y atunes". En vez de reconstruir la escena en un estudio cómodo, se instala dentro de la industria, entre pescadores, mujeres que preparan la sardina, cargadores, mareas, salazón y peces que se estropean con el calor. El 10 de junio trabaja tres horas sin soltar la paleta porque le han dejado cuatro atunes grandes y debe terminarlos "antes que se estropeasen".

La fábrica aporta verdad, pero también un estruendo permanente. Las trabajadoras gritan y discuten; en el muelle se pelean los cargadores; las moscas le comen las manos y las orejas. Con la marea baja, el lugar apesta por los restos de pescado y por "algo de sangre descompuesta". Pero Sorolla no abandona. "Yo no puedo pintar de otro modo", explica a Clotilde. Aunque nunca se alcance una copia exacta de la realidad, "la tienes delante y sin querer algo coges".

La meteorología es otro adversario. Hay días sin pesca por el viento norte -"el atún es un pescado grande pero muy melindroso", le cuenta a Clotilde- y jornadas en las que el Levante hace bailar los barcos. La lluvia lo cala; las nubes le impiden trabajar porque sin sol no hay cuadro. Con la marea baja, el río trae un frío que le constipa; con la subida sopla el océano y "no hay Dios que pare". Después llega un calor "de fuego", "un infierno". Los mosquitos le destrozan los tobillos y acaba trabajando con botines. "No hay nada como el Mediterráneo", sentencia mientras lucha con la luz atlántica.

El cuerpo protesta. En las cartas a su esposa aparecen mareos, dolor de pies, noches sin dormir, humedad, problemas de vejiga, diarrea, mala comida y un cansancio acumulado. Prueba a dejar el tabaco, toma ruibarbo, sustituye el sifón por agua con litines y una noche recurre al veronal. A veces resta importancia a los síntomas para tranquilizar a Clotilde; otras escribe con crudeza. "Yo no tengo la fortaleza de movimientos que antes tenía, es la vejez", admite el 2 de junio. Desea terminar el encargo para no volver a un sistema de trabajo "tan repesado y tan duro para mis años".

La Posada Márquez tampoco ayuda. Se come "medianísimamente, mejor dicho mal", y Sorolla la convierte en "una novela de Cervantes" donde conviven viajantes, un comandante de Marina, un médico dormilón, el maquinista del cañonero, un portugués que habla latín, dos criadas que compiten a gritos y cuatro hermanas que dirigen la casa.

Sorolla y Clotilde en Ibiza 1919

Sorolla y Clotilde en Ibiza 1919 / Krause, Johansen

"Hoy no tengo carta tuya"

Las cartas son, sobre todo, la conversación diaria de un matrimonio separado. "Hoy no tengo carta tuya, y me hace mucha pena", escribe el 19 de mayo. Sin noticias de Clotilde, el día queda incompleto; cuando llegan dos cartas juntas, cambia su ánimo. Habla de la correspondencia como una "comunión espiritual". Le cuenta lo que pinta, lo que come, lo que le duele, el tiempo que hace y el olor del muelle. Pregunta por María, Elena, Joaquín hijo y el nieto Quiquet. Se despide como "tu Joaquín", "tu viejo" o "tu viejo que sólo por ti vive".

La imposibilidad de reunir a la familia le pesa. Busca una casa en el pueblo y otra en la playa portuguesa de Monte Gordo, pero ninguna solución parece habitable. Cuando Clotilde desiste del viaje, Sorolla se culpa. "Para que estemos todos mal, vale más lo esté yo sólo, culpable de todo, por haber aceptado este encargo". En el santo de su mujer, el 3 de junio, lamenta no estar en Madrid para abrazarla y le pide perdón por haber olvidado la fecha: "Afortunadamente el corazón no es así".

El trabajo avanza en sesiones desde las tres hasta que desaparece la luz. El 5 de junio pinta "4 horas de un empujón" y recuerda los días felices del Cabanyal. Tras un esfuerzo intenso, el agotamiento le produce "una alegría celestial y una satisfacción inmensa del hombre que cumple con su deber". Sorolla maldice el calor, la comida y los mosquitos, pero mientras pinta vuelve a reconocerse. A los ocho días "se nota lo que va a ser"; a los nueve, el cuadro tiene "impresión fuerte"; el 13 de junio cree que puede ser "el más valiente de la serie".

No todo son avances. Hay modelos que no llegan, fiestas que vacían el río de barcas y días nublados que obligan a descansar. Una tarde, el reflejo del sol en el agua le ciega, pierde el tono de una cabeza y siente que ha desperdiciado horas. Son "pequeñas crisis" naturales. El 16 de junio el lienzo queda "cubierto del todo"; el 18 ya produce "el efecto de acabado". Sorolla está rendido tras dieciocho días de trabajo intenso, pero no quiere precipitar el final: "No puedo atropellar mi último trabajo, ya que tanto he luchado hasta ahora".

El 24 de junio vuelve a definir la escena como "titánica". Tres días más tarde se asombra de lo que ha logrado "en tan poco tiempo", sin encontrarse bien y después de "6 años largos de trabajo". La explicación está en las tardes de junio, con luz hasta las nueve, y en la concentración de unas treinta sesiones. "Aunque no trabajas estás mirando la lucha de toda la tarde", escribe. El 28 considera el panel "moralmente terminado", aunque aún instala un andamio para resolver la parte alta.

Sorolla pintando en Ibiza Los contrabandistas, 1919 1

Sorolla pintando en Ibiza Los contrabandistas, 1919 1 / B. P. S.

La última pincelada

El 29 de junio, día de San Pedro, cree que esa tarde concluirá no solo el lienzo, sino "mi obra de más de 6 años de trabajo, de luchas y de penas, donde tanto malo y bueno he sufrido". Horas después manda el telegrama definitivo: "Hoy día de San Pedro he dado la última pincelada del cuadro y por tanto de la obra". Con ese gesto termina Ayamonte. La pesca del atún, un lienzo de 349 por 485 centímetros conservado en la Hispanic Society, cierra el ciclo de Visión de España.

Dos días después mira el cuadro enorme y le parece mentira haberlo terminado. Pide a Dios "salud para vivir tranquilo" con los suyos y reconoce que abandonará Ayamonte con "un deje ligero de tristeza". Allí había llegado angustiado por los mareos, pero también había vivido "horas largas de un vigor grande, de pintar como no recordaba". Lo atribuye a la vida de los pescadores, al "sol africano" y a los "enormes atunes". El lugar que lo recibió con cansancio y tristeza le devolvió, por momentos, la energía del pintor joven.

Quizá la imagen final no esté en el lienzo, sino en una carta que el pintor le había enviado a su esposa el 24 de mayo, cuando las cosas aún no salían. Sorolla escribe frente al Guadiana, con el sol que no calienta y el mar que no se mueve. Joaquín le dice a Clotilde que está ahí "con el lápiz en la mano" porque escribiéndole a ella "lo paso mejor". En esa escena está el pintor de la luz y el hombre que echa de menos a su familia, el maestro que cierra su gran obra y el hombre agotado que solo quiere volver a casa. "Te besa y no te olvida nunca tu Joaquín".

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