El 12 de agosto entra en vigor el Reglamento europeo sobre envases y residuos de envases. Si hasta ahora el foco se ponía en el reciclaje en los hogares, la nueva normativa traslada la carga a los fabricantes, a los que de forma progresiva conforme vaya implantándose en su totalidad la normativa, se les obligará a responsabilizarse del impacto ambiental durante todo el ciclo de vida de sus productos.El Reglamento se dirige a la industria, pero los efectos los notarán en su vida diaria los ciudadanos. Como sucede ya en varios países europeos, será habitual devolver botellas vacías en los supermercados o llevar envases de casa para comprar productos a granel. Hábitos que, en tiempos no tan lejanos, hubieran parecido normales, pero que el desarrollismo y el consumismo fueron desterrando. No es una medida aislada.El 31 de julio entró en vigor la directiva europea del “derecho a reparar”, que se propone acabar con la obsolescencia programada y con los electrodomésticos y aparatos electrónicos de usar y tirar. La economía circular dejará de ser una utopía para convertirse progresivamente en el estándar. Con una motivación clara: limitar el dispendio que genera el tratamiento de residuos. La UE, sin embargo, aspira a que estas medidas sirvan de palanca para un modelo económico más eficiente y competitivo.Sobre el papel la propuesta es sólida, pero hay flecos que podrían generar malestar social y arruinar los esfuerzos. Para evitarlo es importante controlar el impacto en los precios. Y prestar apoyo a las pequeñas y medianas empresas, evitando que esta regulación suponga una carga excesiva para ellas.
El 12 de agosto entra en vigor el Reglamento europeo sobre envases y residuos de envases. Si hasta ahora el foco se ponía en el reciclaje en los hogares, la nueva normativa traslada la carga a los fabricantes, a los que de forma progresiva conforme vaya implantándose en su totalidad la normativa, se les obligará a responsabilizarse del impacto ambiental durante todo el ciclo de vida de sus productos.
El Reglamento se dirige a la industria, pero los efectos los notarán en su vida diaria los ciudadanos. Como sucede ya en varios países europeos, será habitual devolver botellas vacías en los supermercados o llevar envases de casa para comprar productos a granel. Hábitos que, en tiempos no tan lejanos, hubieran parecido normales, pero que el desarrollismo y el consumismo fueron desterrando. No es una medida aislada.
El 31 de julio entró en vigor la directiva europea del “derecho a reparar”, que se propone acabar con la obsolescencia programada y con los electrodomésticos y aparatos electrónicos de usar y tirar. La economía circular dejará de ser una utopía para convertirse progresivamente en el estándar. Con una motivación clara: limitar el dispendio que genera el tratamiento de residuos. La UE, sin embargo, aspira a que estas medidas sirvan de palanca para un modelo económico más eficiente y competitivo.
Sobre el papel la propuesta es sólida, pero hay flecos que podrían generar malestar social y arruinar los esfuerzos. Para evitarlo es importante controlar el impacto en los precios. Y prestar apoyo a las pequeñas y medianas empresas, evitando que esta regulación suponga una carga excesiva para ellas.