Un estudio internacional, con participación del CENIEH, pone fecha a la Sala Keimada, un inaccesible rincón de Cueva Palomera que esconde arte rupestre hecho con las yemas de los dedos, una protoescultura animal y restos de sacrificios
09/06/2026 a las 13:15h.
El Complejo Kárstico de Ojo Guareña, en la Merindad de Sotoscueva ha revolucionado la cronología del arte rupestre de la provincia. Un estudio internacional publicado por la prestigiosa revista 'Journal of Archaeological Science: Reports' ha logrado poner fecha por primera vez a la Sala Keimada, uno de los santuarios más recónditos, frágiles y misteriosos de Cueva Palomera.
El trabajo, en el que participa activamente el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), ha sido liderado por la arqueóloga burgalesa Ana Isabel Ortega Martínez (de la Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes, Institución Fernán González). Aunque el yacimiento fue descubierto en 1976 por el Grupo Espeleológico Edelweiss y mencionado en guías divulgativas, había permanecido completamente inédito para la ciencia debido a la extrema dificultad de su acceso y a la total ausencia de dataciones científicas hasta la fecha.
18 dataciones inéditas
Gracias a una batería de 18 dataciones inéditas (16 de ellas por radiocarbono AMS realizadas en laboratorios de Oxford y Beta Analytic), los científicos han demostrado que la Sala Keimada no fue un refugio temporal, sino un lugar de constante frecuentación espiritual durante más de 11.000 años.
Las fechas certifican que los humanos entraron a este santuario oscuro desde finales del Paleolítico Superior hasta poco antes del cambio de era, justo en el momento de la llegada de Roma a la Cordillera Cantábrica
La cueva albergó actividad humana de forma intermitente en el Paleolítico Superior (hace unos 13.500 años), Neolítico y Calcolítico, Edad del Bronce, Edad del Hierro y la transición hacia el Mundo Romano (hace algo más de 2.000 años).
Arte con las yemas de los dedos y una 'protoescultura'
El inventario arqueológico recuperado en la Sala Keimada es asombroso. El panel principal destaca por sus pinturas geométricas negras talladas hace 13.500 años, pero las paredes y los techos bajos de la sala esconden multitud de grabados. La mayoría de ellos se realizaron deslizando las yemas de los dedos sobre la fina película de arcilla que recubre la roca viva. Los científicos han podido asegurar su antigüedad gracias a que los grabados tienen superpuestos restos de carbón caídos de las antorchas prehistóricas.
Sin duda, uno de los hallazgos más espectaculares es una compleja estructura artificial de piedra. Se trata de dos grandes losas de caliza erguidas, apoyadas perpendicularmente entre sí y apuntaladas por lajas más pequeñas. La roca principal mide 150 cm de longitud, 80 cm de altura y 20 cm de anchura. Lo fascinante es que sus aristas superiores fueron retocadas a mano para conseguir un perfil afilado, creando una protoescultura de aspecto zoomorfo (forma de animal) cuyo 'hocico' apunta directamente hacia el panel principal de las pinturas. Esta estructura guarda un enorme parecido con otra pieza paleolítica hallada en la famosa Cueva de Tito Bustillo (Asturias).
El último sacrificio
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El final del uso de este santuario oculto quedó sellado con un acto ritual cargado de simbolismo. Los investigadores han constatado en el centro de la sala, junto a una extraña estalagmita cuadrangular modificada por el ser humano, los restos de un pequeño cerdo doméstico de apenas tres meses de edad.
El lechón fue sacrificado en el periodo de la dura transición cronológica posterior a las Guerras Cántabras, coincidiendo con la inminente romanización del territorio burgalés. Dado el fuerte carácter simbólico que tanto el cerdo como el jabalí tenían en los rituales de ofrendas de las gentes de la Edad del Hierro, los arqueólogos apuntan a que este fue el último gran acto ritual antes de que la Sala Keimada quedara en el olvido.
Cooperación institucional y financiación
Esta ambiciosa investigación ha salido a la luz gracias a la financiación compartida. La Junta de Castilla y León autorizó los trabajos en el subsuelo y costeó 7 de las dataciones a través del Proyecto de Dataciones de Ojo Guareña, gestionado mediante convenios con la Fundación Atapuerca (etapa en la que Ana Isabel Ortega coordinaba el estudio desde el CENIEH). Las otras 11 dataciones restantes fueron financiadas por el Ministerio de Ciencia e Innovación dentro de un proyecto sobre la atemporalidad del arte paleolítico liderado por la Universidad Complutense de Madrid.