La Costa Blanca está llena de playas conocidas, paseos marítimos concurridos y grandes arenales que cada verano reciben a miles de visitantes. Pero su verdadero encanto también se esconde en lugares más pequeños, recogidos y naturales, donde el paisaje cambia por completo. Entre acantilados, pinos y aguas transparentes aparecen calas que parecen alejadas del turismo más convencional, rincones donde el Mediterráneo se muestra más salvaje y donde el baño se convierte en una experiencia distinta.