El tiempo y la cinefilia han hecho justicia al cineasta de ‘nueva ola’ que más se alejó de la ciudad para hacer de la costa y el verano la materia prima de su breve aunque esencial obra
Jacques Rozier murió el 31 de mayo de 2023 a los 96 años después de un largo periodo de olvido y no pocas penurias económicas. Lo hacía en Théoule-sur-Mer, frente al Mediterráneo que había filmado tantas veces, apenas unas semanas antes de la llegada del verano, verdadera materia prima de todas sus películas.
De los muchos nombres que la nouvelle vague fue dejando en la cuneta de su propia leyenda, tal vez ninguno defendió con tanta terquedad y tan pocas películas, apenas cinco largos y un puñado de cortos y documentales, un territorio que los demás apenas rozaron. Godard reconoció pronto su talento en el corto Blue Jeans (1958) y calificó aquella ópera prima como “la película más joven” de todo el movimiento recién bautizado por François Giroud en L’Express. Unos años más tarde, Rozier le devolvería el halago filmando los entresijos del rodaje de Le mépris y a los molestos paparazzi que perseguían y asediaban a la despampanante y esquiva Brigitte Bardot en la costa de Capri.
Aquel debut nuevaolero era también el más estival de todos, alejado de las calles, bulevares y cafés parisinos donde se gestó su explosión más icónica. El verano de Rozier no es el paréntesis luminoso que interrumpe la vida urbana, seria e invernal, sino la vida sin más. Su primer largo, Adieu Philippine (1962), acompaña a Michel, técnico de la ORTF, en las semanas previas a su marcha a la guerra de Argelia, como el joven protagonista de Los paraguas de Cherburgo, pero sin el despliegue cromático de Demy y las canciones de Legrand. También hay dos hermosas muchachas, paseos en motocicleta, guateques y una escapada en barco a Córcega. Una cámara casi oculta caza los gestos juveniles con una frescura y una verdad deslumbrantes, pero bajo el sol cada vez más abrasador se oye una cuenta atrás. El verano dura lo que dura una llamada a filas.
Una imagen de 'Adieu Philippine' (1962).
Esa parece ser la ecuación secreta de todo el cine de Rozier: la dicha de la estación y la certeza de su final laten en un mismo plano. En Du côté d’Orouët (1973), tres jóvenes parisinas pasan tres semanas en una casa de la costa de Vendée y Rozier deja que el tiempo del juego, la risa o la seducción se escurra entre los dedos, sin apenas trama ni drama, atento solo a la futilidad de los días que pasan. La irrupción del ridículo jefe de oficina al que las chicas martirizan y del inolvidable y tatiano larguirucho Bernard Menez no impide que, poco a poco, la soledad y la melancolía afloren bajo el joie de vivre.
Serge Daney defendió a Rozier en las páginas de Libération cuando casi nadie lo hacía y dio con la clave de su mirada: “una película de Rozier es como la vida, es una apuesta sobre el hilo del tiempo, y precisamente porque ese hilo es tenue resulta grande y atrevido el empeño en mostrarlo”.
De nuevo a contracorriente de la industria, Los náufragos de la isla de la Tortuga (1976) parodia la robinsonada turística del “todo incluido” para descubrir, con un humor cruel, que el dolce far niente es en realidad un duro trabajo. También fue un fracaso en taquilla, como casi todas sus películas, felizmente recuperadas con el tiempo en extraordinarias ediciones en DVD y Blu-ray y hoy celebradas por algunos jóvenes cineastas franceses que, como Brac o Létourneur, reivindican y prolongan su legado.
Finalmente, en Maine-Océan (1986), un tren, dos revisores y una alegre bailarina brasileña perseguida en una memorable secuencia de créditos bastan para que la palabra se deshaga en un jazz de acentos, ritmos y onomatopeyas. Pero incluso en esos desvíos seguía obedeciendo Rozier al mismo ideal del tiempo liberado de toda tensión dramática o toda voluntad por dominar o cerrar su relato.
La Cinemateca Francesa apeló en su despedida a su insobornable libertad personal y creativa, recordó que, entre todos los cineastas de la nouvelle vague, él era “el que divagaba”. La retrospectiva que le dedicó se tituló precisamente El extravío gozoso. Al elevar lo fútil a la categoría de asunto único, Rozier convirtió el ocio en una forma de resistencia y el verano en una filosofía del instante. Sus personajes no persiguen otra cosa que estirarlo, aplazar el regreso, prolongar la temporada baja de septiembre cuando las playas se quedan vacías y los días se acortan. Sus películas no son tanto sobre las vacaciones como sobre lo que esas vacaciones nos enseñan de la vida.
> La filmografía de Jacques Rozier está disponible en Filmin.
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