Vende antes de embotellar toda la cosecha de cepas de hasta 130 años que crecen a 1.460 metros de altitud. Carmelo Peña muestra en el Encuentro de Gastronomía Rural Terrae una viticultura que roza lo imposible
17/03/2026 a las 17:10h.
Carmelo Peña se ha acostumbrado a mirar al horizonte y, en lugar del océano Atlántico, divisar un mar de nubes. Sus viñedos, a 1.460 metros de altitud —entre los más altos de Europa— casi siempre quedan por encima. La suya es una tierra volcánica y escarpada en las faldas del Pico de las Nieves, donde cada botella es fruto de un trabajo heroico en condiciones extremas. No muestra ni una sombra de arrepentimiento. «He viajado por el mundo y tuve ofertas para quedarme en otras regiones, pero no hay nada como hacer vino donde están tus raíces», afirma seguro. Su ejemplo conecta con el de los cocineros que se dan cita estos días en Gran Canaria para participar en la cuarta edición del Encuentro Internacional de Gastronomía Rural Terrae. Como Carmelo, ellos también decidieron quedarse, a pesar de los rigores que a veces impone el campo.
En una isla donde el paisaje cambia en cuestión de kilómetros, la altitud lo es todo. Mientras a unos cientos de metros más abajo la viña crece sin descanso por el calor y la humedad, alimentando hongos y limitando la acidez, aquí arriba el ciclo se ralentiza. Las mañanas de invierno pueden arrancar a cinco o seis grados, incluso con hielo. Esa diferencia, casi invisible para quien mira desde lejos, se traduce en vinos más tensos, con una acidez natural que sostiene el paso del tiempo. La vendimia puede retrasarse hasta un mes respecto a zonas más bajas y se hace en condiciones que ahuyentan cualquier posibilidad de industrialización. En Gran Canaria, para hacer el vino que busca, hay que subir.
Peña no siempre tuvo claro que acabaría entre viñas. Estudió Química «porque había que estudiar algo», pero su verdadera vocación apareció sirviendo mesas. Quería montar un restaurante y en ese camino se cruzó con el vino. Se formó como sumiller, completó estudios en Aragón y pasó cinco años viajando —Portugal, Galicia, Chile— antes de regresar. En 2017 empezó casi desde cero, con uva comprada y «cuatro duros en el bolsillo». La apuesta fue arriesgada, pero le ha salido redonda: hoy todo el vino está vendido antes de embotellarse.
No es tarea sencilla. La superficie cultivable es limitada y acceder a nuevas parcelas resulta muy complicado. Al banco le cuesta medir el valor de esas cepas retorcidas que llevaban años abandonadas, que jamás fueron tocadas por la filoxera y atesoran variedades autóctonas casi perdidas. Plantas de entre 90 y 130 años que sobreviven en suelos de picón volcánico, algo más erosionados que los de erupciones más recientes y, por eso, más nutritivos.
Su bodega, bautizada con chispa como Bien de Altura, trabaja en ecológico variedades autóctonas: listán negro principalmente, con algo de prieto y albillo del monte. Aquí, el vino adopta un perfil más ligero en alcohol y más afilado. «No buscamos potencia, sino finura», explica. Cada parcela cuenta una historia distinta, como demostró después en una cata conducida junto a su pareja, la sumiller Alba Bernal, en la que se probaron vinos suyos y de otros viticultores, pero todos producidos en torno al mismo Pico de Las Nieves, pero en distintas orientaciones. Una versatilidad que rompe con las imitaciones de Rueda o Ribera que se intentaban hacer no hace tanto.
Sube el precio de uva
El esfuerzo empieza a notarse en el precio de la uva, que se ha doblado en los últimos años, revalorizando el trabajo del viticultor. Además, sus botellas han encontrado sitio fuera: la península —Madrid, Barcelona, el norte— concentra buena parte de la demanda, seguida de mercados como Reino Unido o Singapur. Paradójicamente, le gustaría vender más en casa. «Con el turismo que tenemos, solo el 12% de la producción se queda en la isla».
En bodega, la intervención es mínima. «Queremos que el vino represente el lugar, pero también que llegue bien a la mesa». Evita los extremos: ni correcciones excesivas ni radicalidad. Su Ikewuen —palabra de raíz amazigh que remite a lo «bendecido»— es el mejor ejemplo: un vino de pueblo, mezcla de parcelas, pensado para expresar el conjunto.
Esa búsqueda conecta con una idea que se repite entre los profesionales que se dan cita estos días en Terrae: avanzar mirando hacia atrás. Peña lo explica sin rodeos. «Algo se hizo mal en la industrialización». Recuerda vinos antiguos que envejecen con dignidad frente a otros más recientes que no son capaces de aguantar el paso del tiempo. La solución, cree, no es copiar el pasado, sino entenderlo mejor: aprovechar la tecnología para tomar mejores decisiones, vendimiar antes, respetar la acidez, intervenir menos.
A sus 39 años, aún le quedan muchas cosechas por embotellar. Habla de todo ello con naturalidad, sin demasiada épica. Trabajar viñas por encima de las nubes, rescatar cepas centenarias, venderlo todo antes de embotellar para él no es algo heroico; es simplemente su manera de hacer las cosas.