Erdogán, el autócrata que tiene bula para cometer todo tipo de desmanes
Hay en el corazón de la Alianza Atlántica una anomalía de la que nunca se habla en las cumbres: dos de sus miembros llevan medio siglo al borde de la guerra entre sí y uno de ellos ocupa militarmente parte del territorio de un Estado de la Unión Europea. Se llama Chipre, y su capital, Nicosia, es la última ciudad dividida de Europa desde que cayó el muro de Berlín. Cuarenta mil soldados turcos guarnecen desde 1974 el norte de la isla, donde un Estado títere que solo Ankara reconoce se asienta sobre la expulsión de doscientos mil grecochipriotas de sus hogares. Cincuenta años de hecho consumado, sin coste alguno para el ocupante, ante el silencio de la OTAN y la impotencia de Bruselas, que admitió a Chipre en la Unión con la herida abierta y la ha dejado supurar.
Chipre no es un episodio: es el método. La doctrina turca de la “Patria Azul” Mavi Vatan, elaborada por almirantes y asumida por el poder, reclama la mitad del Egeo y buena parte del Mediterráneo oriental, negando a las islas griegas la plataforma continental que el derecho del mar les reconoce. El Parlamento turco mantiene formalmente un casus belli, una declaración de que habrá guerra, si Grecia extiende sus aguas territoriales a las doce millas que el derecho internacional le otorga. Las violaciones del espacio aéreo griego son rutina cotidiana, contadas por centenares cada año, y las crisis por las prospecciones gasísticas llevaron en 2020 a las fragatas de ambos países a rozarse en alta mar. Es decir: un miembro de la OTAN amenaza formalmente con la guerra a otro miembro de la OTAN, y la Alianza, que se declara dispuesta a defender cada palmo del territorio aliado, mira hacia otro lado cuando el agresor está dentro de casa. Esa es la agresión que nadie menciona.
Compárese la vara de medir. Cuando Rusia ocupó Crimea, Occidente respondió con sanciones, aislamiento y rearme, y con razón. Turquía ocupa desde hace medio siglo el tercio de un Estado miembro de la Unión Europea, amenaza de guerra a Grecia, reclama sus aguas y sobrevuela sus islas y recibe cumbres, asociaciones estratégicas, baterías, misiles Patriot y el cortejo de las cancillerías. El mismo comportamiento que en Moscú se llama imperialismo, en Ankara se llama “socio difícil pero indispensable”. El autócrata tiene bula: puede purgar, ocupar, amenazar y chantajear, porque su geografía y sus guardias de frontera valen más, a ojos de Bruselas y de Washington, que los principios que ambas dicen encarnar.
La bula, además, viene de lejos, y conviene decirlo porque gran parte de los desmanes de hoy tienen su raíz en los de ayer, que los políticos y los intelectuales de mayor prestigio de cada época no supieron o no quisieron ver. La invasión de Chipre de 1974 se ejecutó con armamento americano y ante la pasividad deliberada de Washington, que consideró siempre a Turquía demasiado valiosa para contrariarla; fue el Congreso, no la Casa Blanca, quien impuso un embargo de armas que la diplomacia se apresuró a desmontar pocos años después. Medio siglo más tarde, el resultado de aquella complacencia está a la vista: el hecho consumado se ha vuelto permanente y el ocupante ha aprendido que la paciencia rinde más que el derecho.
Grecia, mientras tanto, carga con una doble servidumbre. Sostiene el mayor gasto en defensa de la Alianza en proporción a su economía, obligada a armarse no contra el enemigo oficial sino contra su propio aliado. Y en el río Evros hace el trabajo sucio de Europa, con devoluciones en caliente que Bruselas finge no ver: la doble vara opera también dentro. El país que inventó la palabra democracia custodia hoy los muros de una Europa que predica valores en las tribunas y los suspende en sus fronteras.
Se dirá que la política exterior no puede permitirse la pureza, y es cierto: ningún orden internacional ha sobrevivido sin componendas. Pero hay una diferencia entre la componenda que se reconoce como mal menor y la que se disfraza de virtud. La OTAN no dice “toleramos a Turquía porque necesitamos los Estrechos”; dice que es una alianza de democracias que defiende un orden basado en reglas. Y cada día que Chipre sigue ocupada, cada casus belli renovado, cada isla sobrevolada, desmiente esa proclamación ante los ojos del mundo entero, empezando por el Sur Global, que toma nota puntual de cada doble vara occidental y extrae sus consecuencias.
El Egeo es, en definitiva, el espejo más incómodo de la Alianza: el lugar donde se comprueba que los valores proclamados ceden siempre ante las posiciones adquiridas. Grecia y Chipre no piden que Occidente combata a Turquía; piden solamente que nombre lo que ve. Pero nombrar tiene un precio, y hace medio siglo que nadie está dispuesto a pagarlo. Mientras tanto, el autócrata acumula desmanes y bulas, y las democracias acumulan silencios. La historia enseña cómo termina esa contabilidad: los silencios también devengan intereses, y algún día alguien los cobra.
Jerónimo Páez es abogado y editor
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