Hay unas flores que crecen junto al camino, entre las rocas que levantan los muros irregulares que enclaustran las calles de mi pueblo. Sus tallos alcanzan los dos palmos y, en toda su longitud, albergan unas campanitas ovaladas de un color púrpura que se difumina hasta el blanco en su raíz. Mi abuela las llamaba "restralletes". Arrancaba una de estas campanitas y tapaba con pulgar e índice el capullo, dejando el aire en el interior. Después, colocaba su otra mano en paralelo y —¡Plaf!— estrellaba contra su palma la flor, provocando así un inocente petardo. El enésimo truco para forzar la risa de su nieto, que le seguía allá donde iba.
Hay unas flores que crecen junto al camino, entre las rocas que levantan los muros irregulares que enclaustran las calles de mi pueblo. Sus tallos alcanzan los dos palmos y, en toda su longitud, albergan unas campanitas ovaladas de un color púrpura que se difumina hasta el blanco en su raíz. Mi abuela las llamaba "restralletes". Arrancaba una de estas campanitas y tapaba con pulgar e índice el capullo, dejando el aire en el interior. Después, colocaba su otra mano en paralelo y —¡Plaf!— estrellaba contra su palma la flor, provocando así un inocente petardo. El enésimo truco para forzar la risa de su nieto, que le seguía allá donde iba.
He intentado replicar muchas veces ese pequeño juego, también darle una explicación al nombre de la flor, conocida en otros sitios como dedalera o santibaña —Digitalis purpurea. Ambas en vano. Recuerdo, sin embargo, las manos huesudas y arrugadas pero suaves de mi abuela, también su sonrisa compartida con la mía. El calor suave del verano y el sonido de la hoja cediendo ante la brisa. Supongo que es una sintaxis rota, la de los agostos en Sanabria en contraposición con el resto del tiempo —el del año y el del resto de los años—; el recuerdo de la niñez a contraluz.
Los años canjean su peso en los almanaques, cuyas hojas cada vez levantan antes el vuelo, y el recuerdo es la flecha que se cuela por el ojo de la armadura de la rutina. De su zumo de sangre beben las raíces que me atan con fuerza a esta comarca, que recorro a pesar de la distancia con un ritmo que se asemeja más al del sepelio que al de una romería. Sin embargo, agosto viste a Sanabria de fiesta y la hace bailar con ecos que resuenan en las almas de los que se prometieron estar y no están, y de los que, sin estar, lo están siempre. Están las tardes eternas, las carreras y los rincones donde esconderse. También sigue el río y el lago, y el camino grande. El árbol al que trepabas y el tejado donde siempre, siempre, se cuela el balón. El perro que ladra y la vaca que regresa del monte cuando llueve. Están, también, las noches en las que Sotillo parece otro sitio. Están las fiestas con sus bailes y sus miradas. Están, cómo no, las lágrimas del último día antes de marchar. Están porque existen en el recuerdo. Existen porque están presentes en este réquiem de oficina.
Sería cínico delegar a lo de fuera la circunstancia del cambio puesto que, a pesar de que todo cambia —como cantaba Mercedes Sosa—, que yo cambie no es extraño. Sanabria cambia como cambiamos los que la vivimos menos de lo que querríamos. Sin embargo, su ritmo es lento, como la formación de un continente o un océano.
Hoy me habla el niño que un día gozó inconsciente de todo aquel cambio imperceptible que era testigo del suyo propio; de su estirón, en su voz, sus ideas y sus gustos, en su propia relación con el cambio. Me reprocha mis ausencias, mis cortas estancias allí donde fuimos felices. Me reprocha el transcurso del tiempo. Yo trato de defenderme. Le recuerdo los días en los que era incapaz de reconocer que también se aburría, días que se hacían largos de más. Le acabo dando la razón, sobre todo cuando me recuerda aquella promesa que hicimos, la de que todos los veranos, siempre, estaríamos en Sotillo. Hay axiomas que son incontestables, porque las promesas que no cumplimos son las que con más agudeza nos definen. Es por eso que, cada primero de agosto, cuando no cruzo al amanecer el túnel de Guadarrama, ese niño me dice aquello de que arrieros somos y, como los restralletes, en el camino nos encontraremos.
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