¿Cómo se encuentra? Disculpe, estimado lector, si considera que me estoy entrometiendo en su vida. Lo pregunto, sobre todo, por el impacto que los incendios están dejando en nuestras vidas. Las imágenes que han llegado de Ávila, Madrid, Toledo o Cataluña me tienen sobrecogido. No puedo imaginar los sentimientos de quienes residen en esos lugares. No los menciono todos porque necesitaría otra columna. Y ahora les ha tocado a quienes viven o tienen propiedades en Los Arribes del Duero. "¡Dios mío, haz algo, por favor!", decíamos en mi pueblo cuando ocurría alguna catástrofe. La respuesta siempre llegaba de la gente que, con escasos medios, hacía cuanto estaba en sus manos para combatir el fuego. Recuerdo el incendio en el corral de un vecino, en la calle Tomás Gómez, frente a las antiguas casas de los maestros, que ya no existen. Allí acudimos muchos vecinos con calderos para hacer cuanto podíamos. Y los bomberos llegaron muy tarde. Fueron momentos de mucha tensión. Aquellas imágenes regresan periódicamente a mi memoria.
¿Cómo se encuentra? Disculpe, estimado lector, si considera que me estoy entrometiendo en su vida. Lo pregunto, sobre todo, por el impacto que los incendios están dejando en nuestras vidas. Las imágenes que han llegado de Ávila, Madrid, Toledo o Cataluña me tienen sobrecogido. No puedo imaginar los sentimientos de quienes residen en esos lugares. No los menciono todos porque necesitaría otra columna. Y ahora les ha tocado a quienes viven o tienen propiedades en Los Arribes del Duero. "¡Dios mío, haz algo, por favor!", decíamos en mi pueblo cuando ocurría alguna catástrofe. La respuesta siempre llegaba de la gente que, con escasos medios, hacía cuanto estaba en sus manos para combatir el fuego. Recuerdo el incendio en el corral de un vecino, en la calle Tomás Gómez, frente a las antiguas casas de los maestros, que ya no existen. Allí acudimos muchos vecinos con calderos para hacer cuanto podíamos. Y los bomberos llegaron muy tarde. Fueron momentos de mucha tensión. Aquellas imágenes regresan periódicamente a mi memoria.
No cometeré el error de entrar en el debate sobre si estos incendios se podían haber evitado, si faltan medios de extinción, si su origen está en las imprudencias o en la acción de los pirómanos, si los fuegos se apagan en invierno o si la dispersión de competencias provoca desajustes. ¿Acaso no hemos escuchado estos argumentos una y otra vez? Incluso los defienden quienes se dedican a incendiar las redes sociales cuando aparecen asuntos tan graves. Menos mal que la sensatez suele venir de la gente de los pueblos, sobre todo si son mayores, que recuerdan cómo antaño se cuidaban los montes porque de ellos dependía la subsistencia del ganado y, por extensión, de las familias que residían en esos entornos que hoy, en muchos casos, pertenecen ya al pasado. Hemos abandonado los territorios rurales para ganarnos la vida donde estaban las oportunidades. Y es lógico. Cada cual vive donde puede o le dejan. Pero todas las decisiones tienen consecuencias. El sociólogo estadounidense Robert Merton defendió esta idea en su famosa teoría de las consecuencias imprevistas de la acción social intencionada.
Precisamente porque nunca podemos prever todos los efectos de nuestras decisiones, resulta imprescindible extremar la prevención. Hay que anticiparse a los posibles impactos de las catástrofes: hambrunas, terremotos, tsunamis, ciclones, inundaciones, riadas, epidemias, olas de calor, etc. En mis clases en la Universidad de Salamanca y en otros foros donde también intervengo, recomiendo a menudo un artículo: "¿Siguen existiendo hambrunas por causas naturales?", de la geógrafa Sylvie Brunel. Su respuesta suele dejar atónitos a mis estudiantes: la hambruna es hoy un fenómeno político, el resultado de estrategias humanas deliberadas, conflictos armados o Gobiernos que bloquean la ayuda. Por eso, para hacer frente a las llamas y a cualquier incendio de carácter económico, político o social, es imprescindible el fortalecimiento de los Estados y las instituciones públicas.
Conviene recordar que la Agenda 2030 no puede convertirse en la explicación fácil de nuestros problemas. Nació como un plan de acción mundial aprobado en septiembre de 2015 por la Asamblea General de las Naciones Unidas para impulsar el desarrollo sostenible, acabar con la pobreza y cuidar nuestra única casa común: el planeta. Las llamas no distinguen entre ideologías. La prevención tampoco debería hacerlo.
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