Textos de oración ofrecidos por Christian Díaz Yepes, sacerdote de la archidiócesis de Madrid
Religión
Textos de oración ofrecidos por Christian Díaz Yepes, sacerdote de la archidiócesis de MadridDomingo XV del tiempo ordinario
Cuando Dios habla, todo se renueva. Y cuando siembra, el alma crece. La palabra que sale de su boca es semilla viva que busca crecer en nosotros. Pero no basta con oírla, hay que acogerla, dejarse surcar y rendirse al riego del Espíritu. El que quiera crecer, ha de romperse como la simiente que se dar vida. El evangelio de hoy no es fantasía, sino exigencia. Meditemos:
«En aquel tiempo, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:
“Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otra cayó entre zarzas, que crecieron y la ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga”.
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les contestó: “A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas: porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo; son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.’ Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
Vosotros, oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino y no la entiende, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y queda estéril.
Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno”».
Cristo no se dirige a la inteligencia de los sabios sino a la disponibilidad de los humildes. Por eso usa el lenguaje de las parábolas, no para ocultar, sino para mover a la escucha. La parábola es un espejo que no vela el misterio, sino que exige atención amorosa. El verbo que aquí usa el evangelio para referirse a sembrar es speírō (σπείρω), que evoca no sólo el acto de depositar semilla, sino la generosidad de quien lanza sin reservar. Así siembra Dios: sin medida, sin miedo, sin cálculos. No obstante, la fecundidad dependerá en mucho de la tierra que lo acoge.
Hay tierras que parecen fértiles, pero no son hondas. Otras reciben la palabra con entusiasmo emocional, pero sin consistencia. Porque el crecimiento espiritual no se mide por la velocidad con que brota algo, sino por la profundidad de su raíz. Sin ésta, no hay fruto. Por eso, donde no hay arado interior, no hay cosecha de vida. El alma superficial es como la flor cortada: bella por un instante, marchita al poco tiempo.
El Señor no pide cantidad de fruto, sino fecundidad fiel. Lo dijo San Agustín: Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar invita a hacer lo posible con su gracia. Por eso no se trata de querer ser tierra perfecta, sino la que se deja trabajar. Dios no busca condiciones perfectas, sino almas dispuestas. La palabra que Él siembra no es adorno ni adjetivo. Y si no da fruto, no es culpa del sembrador, sino de quien deja secar la semilla o no se deja cultivar.
La ceguera que Jesús denuncia no es sensorial, sino voluntaria. El «corazón embotado» llega a ese punto por preferir la comodidad a la conversión. Oír sin entender, mirar sin ver: esa es la tragedia de los que se familiarizan tanto con las cosas santas que dejan de conmoverse ante ellas. Y por eso la gracia no fructifica. No porque falte, sino porque se ignora. Quien no quiere cambiar, no entiende, aunque oiga mil veces.
Pero bienaventurados los que sí oyen. Porque para ellos, cada palabra del evangelio es explosión divina. No viene a adornar la vida, sino a sacudirla y transformarla. ¡Dejémonos seducir, sacudir y transformar por cada parábola del Maestro! Ellas son cirugías del alma. Y cada fruto que se da es señal de una tierra que se sí ha dejado trabajar por el Divino Sembrador.
El que quiera dar fruto, debe aceptar el paso del arado. Porque sólo quien se deja herir por la verdad, podrá sanarse con su fecundidad. Lo que no se deja romper, nunca podrá crecer. Y lo que no crece, se marchita y avergüenza.
Examina tu conciencia a partir de Mateo 13, 1-23
«Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago…»
¿Estoy dispuesto a salir de mí mismo o me resisto a dejar mi comodidad?
«Salió el sembrador a sembrar…»
¿Acojo con reverencia y disponibilidad cada semilla del evangelio o paso de largo sin dejarme afectar?
«Otra parte cayó en terreno pedregoso… y por falta de raíz, se secó…»
¿Profundizo en mí fe con oración y sacrificios o me basta con un entusiasmo superficial?
«Los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan…»
¿He permitido que mis ambiciones, prisas o pasatiempos mundanos asfixien lo que Dios quiere cultivar en mí?
«Lo sembrado en tierra buena… da fruto…»
¿Estoy dando frutos reales, visibles y constantes en mi vida cristiana o sólo acumulo intenciones que nunca se concretan?
Dile sinceramente a Dios
Ven, mi Buen Jesús, a fecundar mi tierra endurecida. Líbrame de la superficialidad y haz de mí un campo fértil donde tu palabra no se pierda nunca.
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