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‘Un conjuro’: Paula Melchor se adentra en la espesura

Дата публикации: 21-07-2026 04:31:00

Tras la revelación que supuso ‘Amor y pan’, la poeta andaluza se confirma con su nuevo libro, el viaje de una juglarilla por un mundo de peligros con el que reivindica la sabiduría de los inocentes.
Paula Melchor: “El lugar de los afectos está alrede

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“Primero vino el cervatillo, después otras criaturas. Las temía, como se temen las cosas que se sienten muy hermosas, pero no se logran comprender. Las amaba también, como se aman las cosas muy distintas a una misma. Tan poco verbales. Tan salvajes”. Después de su debut con Amor y pan, en el que una joven que había dejado el hogar volvía en sus versos al calor de las comidas familiares, Paula Melchor (El Real de la Jara, Sevilla, 2000) viaja en su nuevo libro, Un conjuro (Letraversal), a las profundidades de un bosque y a la orilla de un río, donde una juglarilla enamorada dispone su ánimo al temblor, la belleza y el misterio. Esa muchacha, dice Ángela Segovia en el prólogo que ha escrito, “no sabe casi nada, ni siquiera el nombre de su amor”, y “sin embargo, el no saber es tan prolijo en saberes. Sólo a través de una vida de no saber se pueden recibir las enseñanzas más luminosas y las más oscuras”.

Melchor, que abre su poemario con una cita de Hildegarda de Bingen, vuelca en su última creación el deslumbramiento que le causó “la lectura de las místicas y de San Juan de la Cruz cuando estaba en el último año de carrera, y se desplegó ante mí un imaginario al que no había tenido acceso antes. Me atrapó esa poesía misteriosa que encontraba en la naturaleza sus símbolos para definir el afecto”, recuerda la escritora, que empezó a tantear ese registro en su poesía y confirmó que debía seguir esa estela cuando cayó en sus manos Amor divino, de Ángela Segovia. “Esa experiencia cambió mi escritura. Por eso me emociona que, gracias al prólogo que ha hecho, en Un conjuro estén juntos los nombres de Ángela y el mío”.

Junto a su cervatillo, la juglarilla y su “corazón blando” idean poemas “como pequeñas magias / salpicadas de luz; poemas / como cestas para recoger / castañas”. Melchor pasea a veces por el bosque “dejando que los pequeños prodigios que encuentro me atraviesen, y me gustaría que la gente sintiera eso: algo bueno, tierno y lindo, pero también sombrío, porque esa oscuridad lleva al misterio, que me parece necesario en la literatura”.

Un conjuro se dirige a los lectores con el encantador tono de una fábula, pero su fantasía no está reñida con la hondura. Melchor se pregunta qué cabida tienen los inocentes en un mundo lleno de violencias, de “hombres malos”, o por qué atribuimos cualidades morales a algo tan engañoso, y al mismo tiempo tan sublime, como la belleza.

“Yo he sido siempre, desde pequeña, sensible a las cosas hermosas, ya sean las niñas o niños que me parecían atractivos, un entorno natural o un poema que me descoloca por lo bien expresado que está”, confiesa la sevillana, que por esa pronunciada sensibilidad se sintió estremecida cuando leyó La belleza del marido, de Anne Carson, en el que la canadiense celebra, pese a todo, el desfiladero al que nos asoma el deseo. “Mi juglarilla también descubre el peligro que suponen los hombres guapos”, indica Melchor.

“Yo busco algo que ha logrado el flamenco: una poesía directa con una carga simbólica”

A la poeta le intriga también “el mal como concepto: a ojos de quién podemos ser malas, por ejemplo, si decidimos no entrar en el saco en el que nos quieren meter, si no nos ajustamos a un molde”, analiza Melchor, que explora en sus páginas cómo la vida nos ensucia el alma con sentimientos turbios. “Todo lo buena que yo era”, dice su protagonista, “se me olvidó cuando no me quisieron”. La poeta muestra curiosidad por cómo utilizamos nuestros recursos cuando nos hieren. “La magia, que en mi caso es la poesía, puede ser buena o terrible, dependiendo de lo que invoques con la palabra, de cuál quieras que sea tu hechizo”.

A través de la peripecia de su protagonista, el libro reivindica el legado de las coplillas y las canciones. “Escucho muchos tipos de música pero me inspiran especialmente las letras del flamenco, que son capaces de unir la intensidad del cante, que es profundo como la tierra, con algo muy transparente: todo el mundo entiende lo que dicen esas letras, las guarda en su memoria. A mí me gustaría lograr algo así: depurar el lenguaje para ser directa, pero sin perder la carga poética, el simbolismo”. “Escribí cancioncillas / como conjuros naturales / muy tiernos / porque quería ser amada. / No me avergüenza confesar / aquí, ahora, ante ti / la razón de mi escritura: / quería / sobre todas las cosas / ser amada / por mi novio guapo o por / todos los desconocidos de la plaza”, canta la juglarilla, y en esos versos se reconoce Melchor. “Yo también quiero llegar a los otros, ser comprendida, y también he perdido la vergüenza”, admite. “Siempre me atormentó que se me viera demasiado en lo que escribía. Ocultaba lo que pensaba, lo que sentía, como si la literatura no fuera ya colocarse una máscara: la voz poética no es exactamente tu voz”, sostiene una autora que derribó sus “prejuicios” gracias a la obra valiente de Annie Ernaux. “Sus libros me hicieron pensar quién nos impone ese decoro, por qué es más legítimo contar unas cosas y no otras”.

Melchor ha comprobado, como su juglarilla, que quien enseña sus heridas emociona con su verdad a los espectadores. “Eso lo descubrí cuando salió Amor y pan: gente desconocida que acudía a los recitales o leía el libro me contaba sus experiencias. Es importante saber que las palabras que escribes tienen repercusión, que encontramos consuelo en lo que dicen otros”, comenta la autora.

Melchor ha construido un poemario esperanzado que se siente como un refugio. Ángela Segovia encuentra en Un conjuro un “mundo mágico, sencillo, sincero, donde a partir de ahora pueden ir a sosegarse las poetas de este mundo”. Melchor asiente: “Es la historia de una niña que va conociendo las maldades, pero creo que al final su relato insiste en la bondad. Yo prefiero entregarme a la emoción que caer en el cinismo o, peor, en la tibieza”.

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